Testimonio de Samuel Solivan

16.08.2012 12:36

De discapacitado mental a doctor en Filosofía y Teología.

Testimonio de Samuel Solivan

 

      Samuel Solivan es Doctor en Teología y Doctor en Filosofía y Letras. Posee cuatro postgrados universitarios en la Universidad de Estados Unidos, es profesor de Universidad y es Pastor de una iglesia evangélica. Sin embargo, su historia clínica lo define como un discapacitado mental sin posibilidades de avanzar más allá del tercer grado de la primaria.

Conozcamos de su boca su propio testimonio:

 

“Soy nacido y criado en la ciudad de Nueva York, de padres puertorriqueños. Nací enfermizo, sietemesino, los primeros 45 días de mi vida los pasé en una incubadora con doble pulmonía. Cuando salí a mi casa los médicos le dijeron a mis padres: «Miren, Samuelito es un niño delicado de salud, cuídenle». Así me crié. Cuando llegué a la escuela pública en Nueva York, ya en el segundo grado los médicos les dijeron a mis padres «Necesitamos someter a Samuelito a una cirugía porque tiene un problema en el oído». Y después de esa cirugía les dijeron «Les recomendamos que a su hijo lo lleven a una escuela especial para niños sordomudos, porque se quedará mudo y necesita aprender a leer labios y a poder hablar con sus manos, con señas».

La escuela quedaba muy retirada de mi hogar, y mis padres decidieron dejarme en la escuela pública que estaba en frente de mi casa. Ahí continué mis estudios y ya para el tercer grado, en una prueba anual, determinaron que tenía un problema. Comenzaron a identificar que yo era un niño mentalmente retardado. Desde la escuela pública me dieron ese diagnóstico y me trataban como «niño mentalmente retardado» pero seguí avanzando en los grados cada año, aunque sin sacar demasiado provecho de ellos, porque me pasaban de año porque era un niño quieto y calladito. En octavo año se dieron cuenta de que mi capacidad era la de un niño de segundo grado pero mientas en el hospital y en la escuela me trataban de retardado, en la iglesia donde me crié, la Iglesia Pentecostal Getsemaní de Nueva York, no me limitaban en absoluto. Ellos oraban «Señor, haz una obra en Samuelito, ayúdale Señor».

En los hospitales me sometieron a varias cirugías, al salir de una de ellas los médicos se dieron cuenta de que habían desfigurado mi rostro y no entendían por qué. Decidieron que permaneciera en el hospital 30 días luego de los cuales se me sometería a otra cirugía para investigar la causa de la desfiguración. Esto lo sabían mis padres pero a mí no me lo había dicho, yo desconocía que mi rostro estaba desfigurado. Pretendían que permaneciera en cama durante esos días, pero yo de curioso, me escapé cuando las enfermeras estaban en cambio de turno y me fui al baño a mirarme en el espejo. Me vi toda la cabeza cubierta con gasa y me asusté, y dije «Señor, no solamente bruto y retardado, ahora feo también; ¿Qué cruz es esta?». Porque el ser retardado uno lo soporta, se calla la boca y sonríe y nadie se da cuenta de su problema pero lo feo se ve de lejos (risas).

Yo me miraba al espejo y le preguntaba al Señor por qué tenía que soportar eso, pero en ese momento sentí la presencia del Señor que me dijo «Samuel, tu vida está en mis manos, ten paz». En ese momento sentí paz. Cuando entraron las enfermeras me encontraron y me llevaron a la cama; y llamaron urgente a mi médico y al psicólogo, quien me preguntó «¿Cómo te sientes Samuel?» y yo le respondí «Me siento lo más bien». Entonces miró al médico y le dijo que yo había comenzado la crisis psicológica (risas). El psicólogo afirmó «El niño ya está en el proceso de negación» (risas).

Cuando llegó el día de la siguiente cirugía descubrieron que la causa de mi desfiguración, producto de la cual también había quedado ciego de un ojo y sordo de un oído, fue el mal proceder del cirujano. Éste me había cortado indebidamente todos los nervios y músculos que controlan un lado de mi rostro. En esa época no existía la tecnología al nivel de desarrollo actual que permitiera restaurarme asique los médicos comenzaron una serie de terapias con la intención de restaurar la acción muscular y nerviosa en mi rostro. Mientras ellos trataban de sacarme adelante, yo celebraba la presencia de Dios en la iglesia y le doy gracias a Dios de que mi pastor haya tenido la sabiduría y el discernimiento espiritual de dejarles los asuntos psicológicos, emocionales y físicos a los médicos, psicólogos y psiquiatras, y de él haberse encargado de cultivar mi vida espiritual, eso que solamente el cuerpo de Cristo puede hacer. Me criaron en ese ambiente de fe, de oración, de celebración, de cántico, de alabanza y con esperanza porque el Señor al que servimos y celebramos es un Dios de milagros, de bendición para nuestras vidas.

Una de las prácticas que teníamos en la iglesia era la vigilia desde las doce de la noche hasta las 6 de la mañana. Asistí a una de esas vigilias, en el sótano de una casa que había sido dedicado el Señor y estaba destinado para orar y hacer vigilias. Estaba atravesando un año de crisis porque entre las terapias de rehabilitación que estaba haciendo me habían sometido a una serie de shocks eléctricos. Dos veces a la semana iba al hospital en donde me clavaban cuatro agujas eléctricas en la cara y me enviaban corriente eléctrica, mientras sostenían mi mano derecha en una esponja mojada y mi cuerpo convulsionaba. A este tratamiento lo realicé durante un año, ese año de crisis que coincidió con esa vigilia. Me arrodillé a orar debajo de un banco y sentí que el Señor me habló diciendo «Samuel, yo te he escogido para predicar y enseñar mi palabra». Entonces me senté y le dije «Señor, ¿No te diste cuenta que soy feo y retardado? ¿Qué voy a enseñar si es poco lo que yo puedo leer? ¿Cómo me voy a parar frente a un público con mi cara toda desfigurada? No, no, pensé. Este es un emocionalismo pentecostal. Esto es un fanatismo pentecostal. El Señor no me ha hablado nada». Pero me acordé lo que me habían enseñado en la Escuela Dominical, que el Señor comprueba lo que dice a través de su palabra, y decidí probar si era verdadera palabra del Señor lo que yo había sentido. Cerré mis ojos y tomé mi biblia en inglés, porque podía leer solamente un poquito de inglés, y le dije al Señor que me hable a través de la palabra.

Cuando abrí la Biblia mis dedos marcaron Jeremías 1:5 en adelante «Antes que te formases en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué y te di por profeta a las naciones. Y yo dije: “¡Ay, ay! Señor Jehová, he aquí no se hablar porque soy niño”. Y me dijo Jehová: “No digas soy niño porque a todo lo que te enviare irás tú y dirás todo lo que te mande. No temas delante de ellos porque contigo estoy para librarte”, dice Jehová. Y extendió Jehová su mano y tocó mi boca. Y me dijo Jehová: “He aquí he puesto mis palabras en tu boca, te he puesto en este día sobre naciones y sobre reinos para arrancar, para destruir, para arruinar, para derribar, para edificar y para plantar». Cuando leí eso yo dije: «Bueno, Señor; pero mi problema es más serio que el de Jeremías, porque Jeremías decía que era un niño pero yo soy un niño retardado y feo, ¿Qué vas a hacer?». Entonces me acordé que Él también confirma su palabra en la boca de dos o tres testigos y le pedí al Señor que me hable otra vez para saber que no había sido una coincidencia.

Abrí mi Biblia nuevamente, y mis dedos marcaron Santiago 1:5 «Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada». Entonces sí dije: « Señor, si alguien es candidato para eso soy yo» y oré pidiendo la sanidad de mi mente y mi cuerpo. Le dije al Señor que entendía que el lugar para la acción era su pueblo de habla latina, pero yo no sabía ni leer ni escribir en español, y le pedí que me enseñara el idioma. Esa fue una oración íntima y privada en una esquinita bajo un banco un viernes por la noche en el sótano de ese hogar.

El sábado por la mañana iba para mi casa cuando el hermano Marrero, el dueño de la casa, me pidió que lo acompañara esa noche escuchar a un predicador especial que estaba de paso; y le dije que si mis padres me daban permiso me recogiera y lo acompañaba. Lo acompañé a esa iglesia en Nueva York, donde yo no había estado en mi vida ni conocía a nadie de allí, y nos sentamos al fondo, cerca de la puerta. Cuando llegó el momento del mensaje, lo primero que dijo el predicador fue: «Yo he estado orando y el Espíritu Santo me ha dicho que procure por Samuel Solivan. ¿A dónde está Samuel Solivan?». El Señor no conoce por nombre y apellido, no nos podemos esconder de Dios. Pero para mí escuchar ese llamado público no significó buenas noticias, asique me paré para salir corriendo por la puerta, porque la costumbre de la iglesia donde yo me congregaba era llamar de vez en cuando a alguno por nombre y apellido y traerlo al altar, donde el Espíritu Santo revelaba los pecados ocultos de esa persona. Yo era retardado, pero para pecar uno no necesita ser muy inteligente (risas). Yo pensé que me iban a desenmascarar los pecados asique mejor decidí salir corriendo. Pero el hermano Marrero me agarró de los pantalones y me llevó al altar, y mientras el caminaba por el pasillo hacia adelante yo me confesaba: «Señor, perdóname de este pecado, perdóname de este otro pecado…» (risas) Pensaba que cuando llegue al altar el Señor no me lo podía sacar en cara porque ya había pedido perdón. Pero cuando llegué, el predicador que yo no conocía ni aún hoy conozco me dijo estas palabras: «Samuel, el Señor me ha dicho que te diga que Él sanará tu mente y tu cuerpo, y Él te enseñará español. Y te enseñará otros idiomas que tú ni los consideras porque Él te ha llamado a enseñar y proclamar su palabra». Aquello que yo le había pedido en silencio al Señor, desde lo íntimo de mi espíritu y en secreto, esa vigilia del viernes ya el sábado por la noche el Señor había respondido de forma precisa. Yo me quedé asombrado de que el Señor haya oído y respondido mi petición.

Seguí creciendo en la iglesia. Al final de ese año hice nuevamente la evaluación escolar anual y al ver los resultados mis maestros me informaron que debía rendirla de nuevo porque sospechaban que me había copiado. Yo pensaba dentro de mí «¡Qué buena forma de copiarme tengo! Es tan buena que ni yo mismo me di cuenta de que me estaba copiando» (risas). Cuando obtuvieron los resultados de la segunda prueba llamaron a mis padres y les informaron que me enviarían a la Escuela Secundaria Vocacional para que concluyera mis estudios debido a mis capacidades manuales a pesar de mis limitaciones intelectuales, porque según ellos había algunas cosas prácticas que podría aprender allí. Mis padres preguntaron cuáles habían sido los resultados de la prueba y ellos les contestaron que ese resultado no sería contemplado ya que no lo comprendían, no tenían una explicación racional del mismo, pues no podía ser cierto que yo teniendo la capacidad intelectual de un niño de segundo grado pronosticada por los médicos hubiera obtenido resultados que indicaban que tenía la capacidad de un niño de décimo tercer grado. Argumentaban que en un año no podía ser posible que desarrollara una capacidad intelectual diez veces mayor a la que tenía, que los resultados estaban profundamente errados.

Cuando mi madre supo de esto, bendijo al Señor porque reconoció que estaba trabajando en mí. Sin embargo fui enviado a la Escuela Secundaria Vocacional en Nueva York, a la que concurrí y de la que me gradué durante la época de la Guerra de Vietnam. En ese momento en Estados Unidos la ley obligaba a los habitantes a servir al Estado, pero ese no iba a ser mi destino. Mi concejero, al momento de graduarme, me dijo lo siguiente: «Mira Samuel, no te frustres en la vida. Lo que te espera es trabajo de bruto. Como tú eres fuerte de salud, vas a poder trabajar; pero no esperes nada grande porque lo que te va a tocar es trabajo manual».

A los meses de graduarme recibí en  mi hogar una carta del gobierno indicando que tenía 30 días para inscribirme en una de las Fuerzas Armadas y que si al finalizar este plazo no me hallaba inscripto, la policía vendría a buscarme a mi casa. Mi hermano ya estaba allá, pero yo no quería ir, ¿a qué iba a ir? «En todo caso, pensé, puedo ir al sector de guardacostas, que son los que están con los barquitos a la orilla del agua…» pero cuando fui no me quisieron recibir la carta porque había una lista de espera tan larga que no entraría mi caso en el plazo estipulado y me recomendaron que la presente en otro lugar. Decidí inscribirme en la Fuerza Aérea, donde me citaron a rendir un examen previo que de ser aprobado me habilitaba para pertenecer a las Fuerzas Armadas. Cuando llegó el día me dieron un librito con preguntas para responder, y la verlas me contenté de lo fáciles que me resultaba responderlas: nombre, apellido, dirección… pero cuando lo abrí me dio la sensación de que estaba escrito en chino (risas). Todas las preguntas del examen eran de matemáticas, y yo ya tenía tres antecedentes de fracaso en Álgebra 1, tanto que la cuarta vez que fui a rendirla el maestro me dijo que me vaya porque eso no me entraba en la cabeza. Me sentí frustrado de no poder realizar las preguntas y rompí el librito. Entonces el Sargento se me acercó y me dijo: «¿Usted sabe que eso es un delito? Eso es propiedad del Gobierno Federal American. Voy a buscar plasticola y usted va a pegar todas esas piezas del libro que rompió, y me lo va a devolver como yo se lo entregué». Al final de la hora le devolví el libro bien pegadito, y me fui pensando que no me iban a aceptar. Pensé que podría descansar una semana más antes de que la policía llegara a mi casa a buscarme por la fuerza. En esa semana llegó una carta de la Fuerza Aérea y yo creí que era la respuesta oficial de que había sido rechazado de la misma. Pero cuando mi mamá la abrió me dijo: «No, Samuel, no te rechazaron. Aquí dice que tienes una cita para presentarte al entrenamiento que dará la Fuerza Aérea. ¡Te aceptaron!». Yo no lo podía creer, pensé que estaban por demás necesitados de gente para mandarme a buscar a mí (risas).

Le conté a mi pastor que me habían aceptado en la Fuerza Aérea y llegó el día antes de que yo partiera a tomar el curso de entrenamiento, un domingo a la noche. En ese culto mi pastor me llamó al altar a orar por mí pidiendo la bendición y la protección del Señor en ese curso que estaba por comenzar, pero mientras los ancianos de la iglesia oraban por mí, se dio un mensaje en lenguas e interpretación de lenguas en la congregación. Decía «Samuel, vete porque yo estoy contigo, esta es mi voluntad. Y yo te devolveré a esta casa pronto y en salud». Toda mi familia y la iglesia se pusieron muy contenta de saber esta promesa del Señor de regresarme con vida de Vietnam.

Cuando llegué a Texas pasé por todo el ciclo de entrenamiento básico de la Fuerza Aérea. El día de la ceremonia de graduación nos entregaron unos sobres que contenían el lugar de destino para servir dentro de la fuerza. Todo el escuadrón al que yo pertenecía iba a ser enviado a Vietnam, pero la mía aclaraba “Vietnam, en la construcción del aeropuerto de Da Nang”, el aeropuerto militar más grande de Vietnam, y decía además “Zona de combate altamente peligrosa”. Pero yo estaba en paz porque el Señor había prometido estar conmigo. Esa tarde el Sargento me dijo que el Comandante me quería ver porque esa tarde me reportaría, y cuando fui me preguntó: «¿Qué hace usted aquí?». Yo le respondí, «Bueno, usted me mandó a buscar, Comandante». Pero el me dijo: «¿Qué hace usted aquí en la Fuerza Aérea, si usted es un retardado? ¿Cómo llegó aquí? Usted ahora va a salir para la guerra pero no va a tener ninguna cobertura médica allá porque estas condiciones las debería tener previas al ingreso al servicio militar». Entonces yo le pregunté, «Si me pasa algo a mí, ¿No le van a pasar algún dinero a mi mamá?». Él dijo que no correspondía, pero por haber hecho todo el entrenamiento me ofertaba otro arreglo: darme un certificado que lo declara Veterano Honorable del Servicio Militar en el Ejército Americano. Soy retardado pero no estúpido, asique en seguida pedí firmar todos los papeles y el día que mis compañeros de escuadrón tomaron los colectivos para ir al Aeropuerto y luego a Vietnam, yo me tomé el colectivo que me llevaba directamente a mi casa en Nueva York.

Llegué un domingo a la noche a Nueva York y tomé un taxi hasta la iglesia, porque sabía que todavía no había terminado la reunión, aunque no le había dicho a nadie que llegaría. Cuando entré mi pastor saltó de la silla sorprendido, también mis padres y mis hermanos, y pasé al altar a darle gracias a Dios porque me había librado de la guerra. Y mientras estaba orando nuevamente hubo un mensaje en lenguas e interpretación de lenguas que decía: «Samuel, yo he permitido esta enfermedad en tu vida para salvarte la vida, y hoy seré tu sanador». En ese momento el dolor, los mareos y el pus que me brotaba continuamente del oído desaparecieron. Y continuó el mensaje en lenguas: «Los cuatro años que tú le ibas a servir al Ejército americano ahora tú te vas a ir a preparar para servirme a mí, a prepararte en la palabra, porque hoy yo soy tu sanador».

Cuando llegué a mi casa después del culto, mi papá que no estaba sirviendo al Señor en esa época, se asustó de verme con mi mamá y mis hermanos y me preguntó qué hacía allí, si me había escapado de los militares, decía que me iban a poner en la cárcel. Pero yo le decía que no me había escapado, que me tuviera respeto porque era veterano (risas). El padre le preguntaba por qué, si no había ido a la guerra como él, que había estado en la de Corea y en la Segunda Guerra Mundial. A él le había tomado veinte años al servicio del Ejército el obtener los certificados y a mí, por mano del Señor, me tomó quince días (risas).

El reto siguiente era a dónde iba a ir a estudiar teología, y me enteré de la existencia de un Colegio Bíblico Pentecostal de las Asambleas de Dios en Missouri. Me fui allí con una maleta, u$s 50 y sin pasaje de vuelta, y expliqué que el Señor me había llamado a estudiar. Me atendió una persona y me dijo que con ese dinero no me alcanzaba para hacer nada y que era un imprudente en proceder de esa forma, que estaba loco. Llamó al administrador, un gran siervo del Señor que ya está en su presencia y me dijo que le dijera lo mismo que había explicado a él. Cuando le expliqué, el sonrió y dijo: «¡Éstos son los locos que a Dios le encanta usar! Usted se va a quedar aquí, va a estudiar y hoy mismo le vamos a buscar un empleo». El primer día que llegué a ese Colegio Bíblico en Señor me bendijo, y me emplearon allí como Ingeniero Sanitario: a mí me tocaba limpiar todos los baños del Colegio (risas). Estudié allí cuatro años y me gradué en Educación Cristiana, me casé el último año, volví a Nueva York a pastorear la iglesia donde me crié, fue mi primer pastorado. El Señor fue bueno, tuvo mucha misericordia de mí y también mis maestros. En una ocasión uno de mis maestros me puso un seis y me dijo que me lo ponía con mucha compasión. Yo me alegré mucho porque en realidad me costaba estudiar y había conseguido notas más bajas (risas). Luego me encontré con el mismo profesor en la Universidad de Edimburgo, en Escocia. Le pregunté si se acordaba de un alumno suyo que recibió un seis y salió alabando al Señor (risas). El dijo que sí se acordaba de él, que era un muchachito retardado y se sorprendió mucho cuando le dije que era yo, dijo: «No puede ser, aquí dice que usted es el PHD Samuel Solivan, Vicepresidente de la Universidad Interamericana de Puerto Rico»; le dije: «Sí, eso es verdad. Pero yo vine aquí a agradecerle a Dios por su misericordia. Usted estuvo conmigo, usted me pudo echar del Colegio pero no lo hizo, me dio un seis. Y hoy puedo celebrar las maravillas y los prodigios que Él hizo en mi vida».

Ya ejerciendo el pastorado, el Señor me abrió las puertas para continuar mis estudios haciendo una maestría en Divinidades en una Universidad prestigiosa, donde conseguí una beca que mantuve durante cuatro años y cuando estaba a punto de terminar un profesor reformado, calvinista, me dijo: «Déjame hablarte como ustedes, los pentecostales, entienden. El Espíritu Santo me ha dicho que le diga que usted tiene que continuar sus estudios hacia el doctorado», pero yo le dije que eso no era posible desde mi capacidad económica. Él me dijo que solo venía a transmitirme lo que Dios le había dicho y que además, el Señor quería que asista a la mejor Universidad de los Estados Unidos, una de las más caras.

Me puse a orar y el Señor me dijo que solicite un año completo en esa Universidad y yo le dije: «Señor, son dieciocho mil dólares por año, nada más que por la matrícula. No me van a aceptar porque ahí aceptan solamente lo mejor y yo no califico». Pero el Señor me dijo «Solicita, y yo te voy a suplir». Entonces decidí solicitarla, poniendo como confirmación la aceptación y la beca que me cubra los estudios durante esos años, porque yo no tenía recursos. Y me aceptaron, me dieron la posibilidad de hacer una Maestría en Sistemática pero todavía no había noticias de la beca. Ésta llegó a los dos o tres días, donde me prometían cubrir absolutamente todos los gastos de mis estudios durante mi estadía en la institución. Después de estar cuatro años en el campo misionero, en Venezuela y en Colombia, nos volvimos a Nueva York a continuar capacitándonos. Mientras yo trabajaba en mi tesis de Maestría en Sistemática, el presidente del Seminario que era también mi consejero, me llamó para decirme que había escuchado que yo predicaba públicamente el evangelio de Cristo, y me preguntó «¿No has superado todavía esa ignorancia pentecostal? Tú eres un hombre de letras, ya casi tienes dos maestrías, ¿Cómo todavía crees en esas estupideces? Esos son mitos, son cuentos de hadas, eso nunca ocurrió». Yo le contesté: «Bueno, yo lo creo. Lo creo y lo predico porque sé que es la verdad».

Luego de terminan mi Maestría en Sistemática tuve la oportunidad de hacer una Maestría en Filosofía y luego de terminarla, en Doctorado y PHD en Filosofía y Teología. Durante este tiempo me tocó tener de nuevo el mismo supervisor, quien me volvió a cuestionar: «¿Todavía sigues creciendo en esas cosas? Ya vas a tener cuatro  maestrías, ¿Cómo puedes seguir creyendo y predicando que Cristo hace milagros? Por favor, supera tu ignorancia pentecostal. Ni Dios ni Jesús hicieron ningún milagro». Entonces le respondí: «Mire, el día que ustedes me den el título de postgrado y me lo pongan en la mano sellado con mi nombre, le diré por qué creo en los milagros». Por la gracia de Dios y el apoyo de mi esposa y mi familia, llegó ese día de la graduación. Cuando se me hizo entrega del título y finalizó el acto, el supervisor me tomó del brazo y me recordó que debía decirle por qué creo en los milagros. Yo le dije: «Mire, Doctor, esto es un milagro». El me dijo que por favor no le dijera estupideces, que entonces sería un milagro que todos los graduados hayan finalizado los estudios. Pero le volví a decir: «No, no, no. Ellos sí son inteligentes. El milagro es que ustedes graduaron a un retardado, y nunca se dieron cuenta de eso, y hasta le pagaron los estudios sin tener el ningún honor para merecerlo. Ustedes que se enorgullecen tanto de que son de los más inteligentes, de que solo los más brillantes vienen a esta institución a estudiar tuvieron sentado entre ustedes, asustado, a un retardado que decía “Señor ayúdame, Señor ayúdame porque no sé lo que ellos saben”, y el Señor se ha glorificado en este día, porque yo pude terminar mis estudios doctorales».

Seguí enseñando diez años en el Seminario Teológico de Nueva York como profesor de Teología, también me invitaron a dar clases de Teología en una Universidad de Boston, en donde hay más de cien Universidades y se organizan eventos académicos que incluyen ponencias con audiencias públicas en las que se invita a los universitarios a escuchar exposiciones. Al publicar un libro de mi autoría, se me pide que exponga en uno de estos eventos las ideas de mi crítica a la filosofía aristotélica de la perfección y su relación con el sufrimiento humano, más la obra del Espíritu Santo. Luego de la exposición se acercaron a saludarme y hacer comentarios algunos colegas, entre ellos un reconocido Doctor, Director del Instituto Mente y Cuerpo de la Escuela de Medicina de Harvard, y me comentó que estaban llevando adelante un programa que trate el factor espiritual del paciente. Me dijo que él era cirujano especialista del corazón y que estaba convencido, a pesar de ser un judío agnóstico (porque era científico), de que los pacientes cristianos que él había atendido se sanaron y recuperaron mucho más rápido que otros, y que viven más años que los que no creen ni oran. También me dijo que él había propuesto ofrecer el primer curso en espiritualidad y medicina para examinar los factores espirituales que influyen en la salud del ser humano, y que después de escuchar mi análisis filosófico y teológico sobre estos temas, se convenció de que yo era la persona que les hacía falta en el equipo. Y acepté gustoso participar del mismo.

Cuando comenzó el curso me sorprendió que había lugar solamente para ochenta personas, aunque se habían anotado para asistir más de ciento cincuenta estudiantes de Medicina y médicos, no tenían un espacio más grande. Dos veces al año daban estos estudios sobre fe, oración y sanación. En una de esas conferencias, como al cuarto año del curso, se presentaron tres de los quince integrantes del grupo al que yo pertenecía (médicos, psicólogos, psiquiatría) y me dijeron que no creían lo que yo decía, y que habían venido con documentos legales específicos para retarme, con la intensión de revisar todo mi expediente médico. Yo les dije que no tenía ningún problema, que lo que Dios había hecho en mi vida se podía, sin dudas, someter a prueba. Entonces firmé los papeles para autorizarlos a que revisen mi historia clínica, y uno de esos tres médicos judíos me preguntó: «¿Qué va a ser usted cuando se compruebe que la recuperación de su capacidad física e intelectual fue resultado de la buena medicina y la buena psiquiatría?». A lo que yo respondí: «Ustedes son judíos, ¿verdad? ¿Se acuerdan de la mula de Balaam que el Señor usó? Si el Señor usó una mula para llevar a cabo su voluntad, y los usó a ustedes que son médicos educados para sanarme a mí, ¡Gloria a Dios! El usa el medio que Él quiere…». Ellos hicieron toda la investigación con el apadrinamiento del canal de televisión A&E, y al concluir me llamaron a mi casa en Boston, y le preguntaron a mi esposa (porque yo había viajado a Moscú, Rusia) qué era lo que los médicos le decían a mis padres sobre mi condición de salud. Ella respondió que yo siempre le contaba que había tenido un problema en el oído llamado mastoiditis, y eso también decían mis padres. Pero los médicos le dijeron que el expediente médico indicaba mucho más que eso, que yo no mentía en absoluto ni exageraba en  lo que contaba. Ellos decían que mi problema era que yo no tenía ni la más mínima idea de lo que le sucedía: todas las operaciones o cirugías a las que me sometieron desde niño fueron a causa de la extracción de tumores podridos del cerebro. Yo había sido un conejo de indias, de experimentación, y a mis padres nunca les dijeron lo que me estaban haciendo. El gran interrogante era cómo yo podía estar vivo. Yo debería estar muerto hace años, y si vivía, debería estar loco. No se puede explicar racionalmente cómo con todas esas cirugías, la extracción de los tumores podridos, y el sello de mi cabeza con piel de mi cuerpo (injertos en las heridas), estoy vivo y cuerdo.

Yo no sabía que esa era mi condición hasta que el Señor usó a esos médicos, quienes prepararon además un documental titulado “Lo inexplicable” de una hora para la televisión americana que se transmitió en A&E y luego Discovery Channel compró. Pero nosotros sabemos que lo inexplicable no es inexplicable. Nuestro Señor es bueno y misericordioso, y desea tocar y tratar con nuestras vidas.

A través de mis años en el pastorado y como teólogo en el Seminario y en la Universidad como profesor, muchas veces se me acercaban los niños y me miraban, y me decían: «¡Pastor, su cara está torcida! ¿Por qué?». Los jóvenes me preguntaban: «Pastor, si el Señor sana, ¿por qué a usted se le nota todavía la parálisis?». Lo mismo me cuestionaban mis alumnos en el Seminario, a quienes por mucho tiempo no supe responder. Un día afeitándome, estaba orando le dije al Señor que esa parálisis había quedado pendiente, le pregunté por qué, porque me inquietaba que la gente critique la obra sanadora del Señor. Y sentí que el Señor me dijo: «Mírate en el espejo. ¿Ves la diferencia entre el lado más sensible de tu rostro y el otro parcialmente paralizado? Esa es la señal de mi gracia para que nunca te olvides lo que fuiste. Cada día, cuando te mires en el espejo, verás la señal de mi misericordia y mi gracia, y verás lo que yo he hecho en ti. Así como Jacob luchó con el ángel y no lo soltó hasta recibir la bendición pero le dejó una marca física, porque desde ese día Jacob anduvo con una muleta, para Jacob esa era la señal de la bendición de Dios en su vida cada día».

El Señor nos ama a pesar de tu infidelidad, a pesar de nuestros pecados y nuestras limitaciones, el Señor nos ama y quiere bendecirnos. Antes de salir para aquí (Puerto Rico) me encontraba en mi oficina prestigiosa en Boston, disfrutando del día hermoso, miraba la pared y me sentía orgulloso de mis cinco títulos, estaba rodeado por mi gran biblioteca. En mi escritorio se encontraba una carta invitándome a una Universidad para visitarla con mi esposa, cita que cancelé porque el Señor me ordenó que viniera para Puerto Rico. Me sentía orgulloso de haber logrado todo eso. Pero el Señor me dijo: «Samuel, baja esos títulos y ponlos en el escritorio. No te gloríes, no te sientas capaz por ti mismo. Estos títulos han sido por mi mano y por mi gracia que han bendecido tu cuerpo y tu mente. Estos títulos son pruebas de lo que yo he hecho en tu vida, no es para tu gloria, sino para que te gloríes en mí, que yo soy tu Señor, tu Sanador y tu Salvador”.

 

HECTOR SPACCAROTELLA      tiempodevocional@hotmail.com

Río Gallegos, Santa Cruz

La desgrabación del testimonio en audio utilizado en el programa fue hecha por NATALIA MOLLENHAUER nataliamollenhauer@gmail.com