Hijo de Violencia

26.07.2012 11:52

     No soy un profesional en psicología, ni tengo muchas herramientas como para hacer teoría sobre el tema, de modo que lo que vas leer es “de corazón a corazón”.

Una vez más en este espacio siento que tanto vos como yo necesitamos charlar sobre los golpes que damos y que recibimos. Sobre los dolores que sufrimos y que causamos. Pero la óptica cambia.  Las palabras y las imágenes serán distintas.

Me pongo hoy en la piel de un hombre como seguramente vos conocés a muchos. Hombres que son esposos de mujeres y padres de hijos, varones que han sido muy probablemente niños golpeados y que hoy…

El que va a hablar no va a ser Héctor (o por lo menos conscientemente) sino los hombres que muchas veces hablaron conmigo, o de quienes escuché, o cuyos relatos recibí por sus esposas o sus hijos.

Hombres violentos. Hombres que aprendieron a comunicar sus emociones a los golpes.

Escuchemos el relato imaginario de labios del propio golpeador:

 

“Quiero hablar sobre esta violencia que parece circular por mis venas, que por momentos pareciera ser más fuerte que mi mecanismo interno de control, más fuerte que yo mismo.

Estoy lastimando, estoy destruyendo, estoy matando.

Es posible que vos que estás escuchandome o leyendome, me digas “yo no le pego a nadie”… pero hay palabras que lastiman mucho más que un puño cerrado contra el rostro, hay gestos que hieren, hay conductas que terminan enfermando y matando. Me doy cuenta por el miedo que veo en los ojos del otro, del que está frente a mí. 

Este último tiempo empecé a mirarme para adentro, a trabajar mucho en las formas en que la violencia sale de mí.  

Busco identificarlas, conocerlas y entenderlas.

Es que perdí mucho con mis golpes, y ya no quiero seguir perdiendo.

Me hablaron de una enfermedad, me decían que yo estoy enfermo. Otros hablaron de posesión demoníaca, de la influencia de un espíritu. Es importante que me saque la careta ahora que mi corazón está abierto, para decirte que es un acto voluntario, que no hay nada ni nadie que me obligue, que mi mente sencillamente aprendió así a expresarse. Que hasta me resultó cómodo llenarme de poder haciendo que el otro se sienta una basura.

Una de las cosas que aprendí y que me llevó definitivamente a tratar de entender lo que estoy haciendo es que el violento no lo es solamente hacia los demás, que el primero en ser víctima de mi violencia soy yo mismo. Y es tremendo darme cuenta de cómo mi cuerpo, mi alma y mi espíritu sufren siendo víctimas de mí mismo.

Aprendí a descubrir viejos moretones y cicatrices en mi cuerpo. Manchas azules de sangre derramada internamente en mi alma. Y todavía duelen. Pero como son muy antiguas, me había acostumbrado a convivir con ellas, y ya no les prestaba tanta atención… pero me seguían molestando.

Esos moretones, esos golpes recibidos me incomodaban como una piedra en el zapato. Y traté de sacarlos de mí, de expulsarlos.

Con el paso de los años empecé a sentir alivio a ese malestar descargando esa incomodidad en otras personas.

Cuando era joven fue con mis hermanos menores y amigos, con mis compañeros de trabajo… pero donde la magnitud de todo el poder de destrucción desarrolla todo su potencial es con mi familia. Con los que me aman y conviven conmigo diariamente… mi esposa, mis hijos.

Oré a Dios buscando cambiar y Él me habló a través de su Palabra escrita:

 

Isaias 59:2 al 3   Pero vuestras iniquidades han hecho separación entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados le han hecho esconder su rostro de vosotros para no escucharos .

Porque vuestras manos están manchadas de sangre, y vuestros dedos de iniquidad; vuestros labios hablan mentira, vuestra lengua murmura maldad.

 

Mi violencia me aleja del Dios al que amo, y me aleja de las personas que me quieren, los hombres y mujeres me rechazan, me alejan, se dan cuenta de la agresividad en mis ojos. Temen a mis manos, a mis brazos. Cuando me enojo el color de mi piel cambia y me transformo.

Mi familia no se aleja de mí porque mis golpes los intimidan, porque me ocupo permanentemente de engañarlos haciéndoles sentir que me necesitan, que sin mí no son nada, que con golpes y todo no podrían sobrevivir lejos de mí.

Pero yo sé que desean irse lejos de mis puños, de mis gritos. Sé que los hago profundamente infelices.

Los engaño, les miento, los confundo.

 

Isaias 59:4 al 6   No hay quien clame con justicia ni quien abogue con honestidad. Confían en la confusión, y hablan falsedades; conciben malicia, y dan a luz iniquidad.

Incuban huevos de áspides y tejen telas de araña; el que come de sus huevos muere, y del que es aplastado sale una víbora.

Sus telas no servirán de vestidos, ni se cubrirán con sus obras; sus obras son obras de iniquidad, y actos de violencia hay en sus manos.

 

Estoy aquí, hablándote para que también reflexiones sobre tu violencia, sobre tus golpes, sobre tu familia. Ellos están sufriendo mucho. Y nada de lo que construyas en ellos será para bien. Estas sembrando semillas de violencia en los corazones de tus hijos. Ellos aprenderán a necesitar golpear para intentar de ese modo aliviarse de sus propios moretones y heridas, de los que vos les causas hoy.

 

Isaias 59:7 y 8   Sus pies corren al mal, y se apresuran a derramar sangre inocente; sus pensamientos son pensamientos de iniquidad, desolación y destrucción hay en sus caminos.

Camino de paz no conocen, y no hay justicia en sus senderos; han torcido a su favor las sendas, cualquiera que ande en ellas no conoce la paz.

 

El profeta Isaías me describe. Habla de mí.

El Señor me muestra un espejo donde puede verse mi imagen.  No es bueno, definitivamente no es bueno lo que hago. No hay nada que pueda hacer mi mujer o mis hijos que amerite que los torture con mis golpes y mis gritos. Ellos no conocen la paz, porque en el propio hogar donde deberían aprenderla, están recibiendo odio y destrucción.

Tenemos que reflexionar sobre quienes somos, sobre lo que estamos haciendo, sobre el daño enorme que el otro está sufriendo de nuestras manos.

 

Isa 59:9 al 12  Por tanto el derecho está lejos de nosotros, y no nos alcanza la justicia; esperamos luz, y he aquí tinieblas, claridad, pero andamos en oscuridad.  Vamos palpando la pared como ciegos, y andamos a tientas como los que no tienen ojos; tropezamos al mediodía como al anochecer, entre los robustos somos como muertos.

Todos nosotros gruñimos como osos, y gemimos tristemente como palomas; esperamos la justicia, pero no la hay, la salvación, pero está lejos de nosotros.

Porque se han multiplicado nuestras transgresiones delante de ti, y nuestros pecados testifican contra nosotros; porque nuestras transgresiones están con nosotros, y conocemos nuestras iniquidades.

 

Y busco paz… y no hay paz en mi violencia. Y busco a Dios pero la oscuridad me rodea. Y quiero ser felíz pero no puedo. Me siento vacío teniéndolo todo.

Reconozco, Señor, que mis golpes son pecado.

Que no estoy enfermo, que no hay nada que justifique mi violencia. Estoy pecando contra Vos y contra los que me aman. El odio, la mentira, el arma mortal de destrucción está dentro mío y ESTOY MINTIENDO si digo conocerte, porque vos no sos un Dios de violencia sino de Amor.

Hoy sé que tengo que ponerme ante tu Presencia, Señor, pidiendote perdón por mis pecados. Estar dispuesto s hacer lo necesario para aprender a conocerme y saber porqué estoy actuando de este modo. Salir a buscar ayuda porque solo no puedo.

Tengo que pedirte que limpies mis manos de la sangre de los otros que las mancha… Que limpies mi alma de esos ojos que me miran llenos de miedo.

Enseñame, Señor, a pedir perdón por el daño que hice y que ya no quiero seguir haciendo.   Enseñame el camino de la paz que nunca tuve. Enseñame a apoyarme en Vos como en la Roca  sólida y firme en la que puedo sentirme seguro.

 

2Samuel 22:1-7  Habló David las palabras de este cántico al SEÑOR el día que el SEÑOR lo libró de la mano de todos sus enemigos y de la mano de Saúl.

Y dijo: El SEÑOR es mi roca, mi baluarte y mi libertador; mi Dios, mi roca en quien me refugio; mi escudo y el cuerno de mi salvación, mi altura inexpugnable y mi refugio; salvador mío, tú me salvas de la violencia.

Invoco al SEÑOR, que es digno de ser alabado, y soy salvo de mis enemigos.

Las ondas de la muerte me cercaron, los torrentes de iniquidad me atemorizaron; los lazos del Seol me rodearon, las redes de la muerte surgieron ante mí.

En mi angustia invoqué al SEÑOR, sí, clamé a mi Dios; desde su templo oyó mi voz, y mi clamor llegó a sus oídos.

 

A veces mi enemigo soy yo mismo. Y yo soy el enemigo de los otros. Hoy te pido, Señor, que me ayudes porque estoy perdiéndolo todo. Pierdo a mi esposa y a mis hijos. Pierdo el mayor tesoro que pusiste en mis manos.

Quiero aprender a ser felíz haciendo felices a los que me aman. Quiero encontrar la paz que nunca tuve.

 

Mateo 18:3 al 7  y dijo: En verdad os digo que si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.

Así pues, cualquiera que se humille como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos.

Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe.

Pero al que haga tropezar a uno de estos pequeñitos que creen en mí, mejor le sería que le colgaran al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y que se ahogara en lo profundo del mar.

 

¡Ay del mundo por sus piedras de tropiezo! Porque es inevitable que vengan piedras de tropiezo; pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo!

 

HECTOR SPACCAROTELLA          

Río Gallegos, Argentina

tiempodevocional@hotmail.com