El humo de la chimenea encendida

31.05.2012 11:58

   

   El tema sobre el que me gustaría reflexionar en esta oportunidad tiene que ver con el ruido de las palabras o con la necesidad del mundo actual de que podamos nosotros, quienes tenemos un mensaje de Dios para dar a los demás, hablar a través de nuestro silencio.

Los sonidos del silencio o bien la necesidad de silencio interior y exterior para escuchar la voz de Dios que hoy, todavía, en pleno S. XXI nos sigue hablando todo el tiempo.

Esto de lo que hablo no lo estoy inventando yo; Santiago, Juan y el mismo Jesús ya lo dijeron.

Para comenzar quiero compartir un pasaje de Santiago para que lo tomemos como texto central en esta reflexión. Habla sobre El poder de la lengua”:

 

Santiago 3.1 a 12: Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación. Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo. He aquí nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos así todo su cuerpo. Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere. Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí!! cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno. Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana; pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así. ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga? Hermanos míos, ¿puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Así también ninguna fuente puede dar agua salada y dulce.

 

Recordaba cuando leí esta cita que en los ´80 estuve con mi esposa y con mis hijos haciendo un trabajo para mi empresa pero además visitando a unos amigos que habíamos conocido recientemente, en un pueblo llamado Tres Lagos (para los que no son de aquí, de Santa Cruz, es una pequeñita localidad situada  a unos 400 km de Río Gallegos).

Ubicado en el medio de la estepa patagónica, Tres Lagos tenía en los años ´80 unos 400 habitantes (tiene hoy, tristemente, unos 200). Es uno de aquellos pueblos que cumplieron en su momento, a mitad del S. XX, una importante función sociopolítica y que luego, por como avanzan el mundo y la sociedad, por como marchó la realidad de nuestro país y de nuestra amada Santa Cruz, fue cambiando completamente hasta convertirse en una pequeña población (que es bellísima, a mi me encanta).

Allí estuvimos, a principios de los ´80 visitando a unos amigos.

Clarita era la directora del jardín de infantes de Tres Lagos  y Daniel era el director de la escuela primaria de allí. Todo por supuesto que con una población muy reducida y limitada, pero ellos estaban muy preocupados porque la calidad de la enseñanza que se diera en esas instituciones educativas fuera, realmente, de primera calidad.

Así nos involucramos con ellos en un proyecto, allí se planteó la cuestión laboral inclusive, que tenía que ver con el armado de una radio FM en la localidad de Tres Lagos a cargo de la escuela primaria y la publicación de una revista mensual a cargo del jardín de infantes.

De modo que, como mi empresa desarrolla tareas técnicas relacionadas con la electrónica y la informática, los proveímos de los materiales necesarios para que el proyecto pudiera ser llevado adelante.

Pero ¿por qué la preocupación de ellos?

Se dieron cuenta y así lo expresaron: “en este pueblo la gente no lee porque no lo necesita”. 

Imaginate vos, en la década del ´80 en ese pueblo no había radios para que la gente escuchara música o las noticias, ni tampoco llegaban los diarios, no había Internet. (No creas que la realidad cambió mucho hoy en día, en el año 2012; siguen teniendo enormes dificultades en la comunicación, pero en aquel momento eran todavía mayores).

Entonces, me decía la joven directora del jardín de infantes: “aquí no hay carteles en los comercios ¿para qué va haber un cartel que anuncie que aquí, por ejemplo, hay una panadería? si es la única del pueblo, o ¿para qué va a haber un anuncio que diga Correo Argentino? no podría estar en otro lado que donde está y queda a una cuadra de todas las casas del pueblo”.-

Y así había una sola carnicería, una sola panadería, una sola comisaría, una sola escuela, solo un jardín de infantes, etc. No hacían falta carteles de publicidad.

En nuestras ciudades, ya un poco más grandes, vamos por la calle y encontramos anuncios de productos comerciales, una propaganda de algún político de turno, vemos publicidades que podemos leer en los automóviles dedicados a las actividades comerciales, y en cada uno de esos carteles estamos leyendo palabras escritas; en realidad estamos leyendo todo el tiempo.

Yo quisiera que vos te imagines saliendo de tu casa y recorriendo las cuadras (20 o 30 o dependiendo del lugar donde vivas tal vez tengas una hora de viaje) que te llevan a tu trabajo. ¿Cuánto leíste? el número del colectivo y su recorrido, las publicidades comerciales y los nombres de las calles, los carteles de los comercios y empresas…

¿Cuánto, solamente en el transcurso del viaje hasta tu trabajo, llevas leído?

Palabras, palabras que nos inundan…

Por supuesto que no es solamente escrito. Escuchamos la radio y la televisión, vemos cine y películas en DVD, recibimos palabras y más palabras por todos lados, escritas, grabadas, en audio, de las formas más diversas porque si en algo se caracteriza este tiempo es en el uso de las palabras, el uso de la palabra escrita y hablada.

La gente, está saturada de tanta palabra.

Llegamos a la oficina o a casa y lo primero que hacemos es encender la computadora para poder chusmear lo que pasa en las redes sociales y nos enganchamos a chatear a través del MSN, o hablamos con alguna persona conocida por medio de Skype y enviamos correos electrónicos…

Palabras…

Palabras…

Palabras…

 

Encendemos la radio y allí encontramos palabras que nos inundan y que están por todos lados.

Un mundo de comunicaciones pero, también, un mundo lleno de palabras.

Probablemente no te hayas puesto a pensar mucho hasta este momento en el que estoy reflexionando con vos.

Esta cita de Santiago hablando de la perversidad de la lengua me llevó a pensar. Cuando uno lee habitualmente Santiago 3, piensa en cuando se dice una maldición o algo incorrecto, una mentira o un chisme, en algo que claramente es negativo a los ojos de Dios y, entonces, estamos usando la palabra para aquello que Dios no la destinó.

Pero yo te desafío a pensar en algo distinto hoy, ¿estamos haciendo la voluntad de Dios cuando utilizamos como principal herramienta de evangelización la palabra?

¿Estamos, realmente, cumpliendo con la bendición de Dios cuando evangelizamos, cuando damos un mensaje cristiano o intentamos llevar la buena nueva a través de la palabra solamente?

Si te fijas y observas con toda claridad, los que están aceptando a Jesús en este tiempo, en su gran mayoría, no son los que reciben una palabra que los convence dicha por un hombre, si no aquellos que desde una necesidad interior importante e impetuosa, desde un vacio muy grande en su corazón necesitan buscar a Dios y entonces encuentran la llave a través de un mensaje que alguien da o de un pasaje de la Biblia o de una lectura casual en algún libro; la llave es la conexión del Espíritu del Señor con el de esa persona.

Pero ¿hablando solamente? ¿vos crees, realmente, que la herramienta del habla para predicar es la más eficiente en este tiempo?

¿Cuántas veces por tirarle por la cabeza cientos de miles de palabras terminamos haciendo que la persona se aleje en lugar de acercarse a Dios como nosotros buscamos?

Y ¿qué pasa con el predicador que se sube al púlpito o con el orador que esta frente a decenas  o cientos o miles de personas que lo escuchan?

 

Hablamos, hablamos, hablamos…

Palabras,

Palabras,

Palabras.

 

Yo creo que Dios nos invita a pensar en la eficiencia de nuestra tarea; por eso es que estoy compartiendo con vos este mensaje. Tenemos una tarea que hacer, claramente anunciada por el mismo Jesús para todos los cristianos.

 

Marcos 16.15: Y les dijo: "Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura.”

 

La Palabra de Dios nos pide que prediquemos “ a tiempo y fuera de tiempo”.  Pero es necesario que las palabras no suenen huecas, sin contenido espiritual. Hay “demasiado ruido” llegando a los oídos de quienes nos escuchan.

¿Sabés quién fue Vincent Van Gogh? (1853-1890) fue un pintor neerlandés, uno de los principales exponentes del postimpresionismo. Pintó 900 cuadros (de ellos 27 autorretratos y 148 acuarelas) y 1.600 dibujos. Supongo que de alguna forma o de otra habrás sentido hablar de él; un hombre de profunda fe muy abrumado por sus fantasmas interiores, por sus gritos internos, por su necesidad de expresión.

Se dice de Vincent Van Gogh que es el padre del Impresionismo. Uno puede ver un sinfín de cuadros bellísimos pintados por él que resaltan las luces y las sombras de aquello que él estaba viendo con los ojos del cuerpo y con los del alma.

Este hombre, como te decía antes, de profunda fe en Dios, escribió algo que me gustaría compartirte, si me lo permitís.

 

Puede haber un gran fuego en nuestra alma pero nunca viene nadie a calentarse en él, y el que pasa solo ve una columna de humo saliendo por la chimenea y sigue su camino.

Y entonces ¿qué tenemos que hacer? ¿Habremos de cuidar el fuego interior teniendo sal en uno mismo, esperar pacientemente pero con gran impaciencia por la hora en la que alguien vendrá y se sentará, quizá para quedarse?

Qué quién crea en Dios espere la hora que llegará más pronto o más tarde

 

Está hablando del fuego interior de tu corazón usando la metáfora de una casa.

Claro, si vos no tuvieras el fuego encendido adentro tuyo no estarías leyendo esta reflexión.

Si vos no mantuvieras la chimenea humeante en tu casa espiritual no estarías compartiendo conmigo estas palabras.

Tenemos el fuego encendido y un mandato dado por Jesús para que ese fuego sea transmitido a otros: “Vayan hasta el fin del mundo, recorran todos los lugares y hablen con todas las personas sobre este Evangelio”, dijo Jesús antes de subir al Cielo.

Y con ese fuego adentro nuestro sentimos la necesidad de poder transmitirlo, para que otros también puedan encenderlo en sus almas.

Pero… ¿la forma que usamos es la correcta?

Fijate lo que pasó con Van Gogh; él tenía mucho fuego adentro. Es una característica de los grandes artistas, tanto en la plástica (como es el caso de este pintor), como en todas las artes. Me acuerdo de Beethoven, que decía que hacer música era la única forma en que podía descansar su alma, ya que si no lo hacía todos los sonidos en su interior lo asfixiaban. Lo mismo sucede con escritores, con escultores, etc.

Pero Vincent Van Gogh vivió los años que vivió, que por cierto fueron pocos, y pintó cientos de cuadros, pero a ninguno llegó a verlo vendido durante su vida.

Hoy en día cualquiera de sus obras vale cientos de miles de dólares, creo que algunos ya han superado el millón de dólares en su valor de venta en las galerías artísticas o comerciales… sin embargo él murió en la extrema pobreza, sin haber conseguido ni un solo centavo por ninguna de sus obras.

Pero a este famoso artista no le preocupaba “mostrar” o “hacer dinero” sino que no se apagara el fuego; él sabía que llegado el momento “ya va a mandar Dios, cuando sea la hora, a aquella persona que vea el humo en la chimenea y entre a buscar el calor del hogar”.

Y Dios lo mandó, hoy en día sus cuadros vale cientos de miles de dólares.

Su intranquilidad no era porque sus cuadros fueran vendidos ni por obtener enormes riquezas de sus creaciones, su preocupación era que el fuego estuviera encendido en el hogar.

¿Qué hacemos nosotros como cristianos?

Creo que Dios me motiva a compartirte estos pensamientos porque en demasiados casos salimos a hacer exactamente lo contrario, es decir a “vender” un fuego que no tenemos dentro… o que si lo tenemos está tan debilitado que no puede calentar a nadie.

En otros casos el hogar está encendido, allí están las brazas ardientes  y la chimenea está humeante. Pero abrimos todas las ventanas, puertas y aberturas de la casa de modo que otros que pasan por allí vean que hay mucho fuego adentro. Incluso salimos a la puerta diciendo “pasen, pasen y vean”

¿No estaremos desesperándonos por hablar y hablar más todavía sin incluso preparar el terreno antes, sin escuchar primero para saber si quien nos escucha tiene o no hambre, tiene o no frío, tiene o no necesidad?

Así es como en lugar de acercar a la gente a Jesús generamos un efecto contrario hacemos que nuestra lengua, como dice Santiago, se convierta en una herramienta usada por el enemigo en lugar de por Dios.

La propuesta de Van Gogh es inversa:  preocuparnos por mantener el fuego encendido para que aquel que tiene hambre, frío o necesidad vea la chimenea prendida y se vea motivado a golpear la puerta de casa para pedir si le damos un espacio para sentarse junto al hogar al lado nuestro.

¿No será esa una forma en la que el hombre de hoy, saturado de palabras, necesita volver a conectarse con Dios?

Claro que este no es un tratado de teología; sí hablo a partir de mis propios errores y experiencias. Hay personas que después de meses de oración y preparación por mi parte, son iluminados por el Espíritu Santo para ver el humo de la chimenea… y cuando esto sucede vienen corriendo ellos mismos a golpear la puerta.

Creo también que es necesario reflexionar sobre nuestro silencio interior; que todo esté acondicionado. ¿Cómo está nuestra oración con Dios? ¿Nuestra provisión diaria de leños para que el fuego se mantenga encendido y el ambiente cálido y confortable?

No sé, por lo menos creo que hay que pensar si no estamos utilizando demasiado la herramienta de la lengua como única forma de portar el mensaje del Evangelio, en un mundo saturado de palabras.

Muchas veces las personas que tienen oportunidad de servir en el campo misionero descubren maravillados que el Espíritu Santo obra de otra forma, y se preguntan ¿porqué no hay esta efectividad en nuestros países de Latinoamérica?

En mi ciudad, de 120.000 habitantes, hay 5 emisoras de FM,  cuatro librerías  y dos canales de televisión cristianos. Esto además de las formas tradicionales de evangelismo que usan quienes salen puertas afuera de sus congregaciones  a repartir volantes, regalar Biblias, etc……

Una sociedad saturada de palabras que necesita invitar a las personas al silencio, a buscar en su interior aislarse de ruidos y encontrarse consigo mismos, para abrir las puertas de su alma y que el Señor pueda entrar.

Como ministros del Evangelio, como personas que tenemos la misión de llevar a Jesús a otros sufrimos la tentación de irnos en palabras, creo que cometemos el error de hablar demasiado y terminamos, de ese modo, saturando las mentes de nuestros potenciales oidores.

El hablar demasiado, el utilizar en exceso las palabras debilita el mensaje. Posiblemente el usar demasiado las palabras haga que entibiemos el mensaje.

Te invito a utilizar otra herramienta, el silencio interior. Es una disciplina sagrada utilizada por el Espíritu Santo.

Aprender a usar el silencio y quedarnos sentados, simplemente, a mantener el fuego encendido para que aquel que necesite se acerque al hogar y busque el calorcito.

Yo te puedo asegurar que si nos mantenemos preocupados rescatar nuestro silencio, por aislar nuestra alma de ruidos externos, por encontrar la paz en nuestra soledad, el Espíritu Santo se va a encargar del resto.

Creo que si no partimos de construir y mantener encendido el hogar, nos vamos a convertir, (como dice Pablo en la primera de Corintios 13), en metal que resuena o címbalo que retiñe. Simplemente una voz que suena, un ruido más en la jornada de la gente, un ruido más que no llega a ser lo suficientemente eficiente. Y hasta en muchos casos es rechazado.

Yo creo que Dios me está llamando a mí (y si comparto con vos este mensaje también, posiblemente te esté llamando a vos) a construir un silencio suficientemente intenso e inundado de la presencia del Señor en nuestras vidas para que aquel que necesite venga, sea más temprano o más tarde.

Seguramente habrá quienes estén de acuerdo y quienes no con lo que digo. Compartí tu opinión conmigo, haceme llegar tu crítica o tu reflexión al respecto.

Yo, por mi parte, voy a mantener estufa encendida para que vengas a sentarte conmigo alrededor de Ella. Si tenés la necesidad del calorcito del hogar, podrás ver por la chimenea que esta todo dispuesto para que encuentres más de lo que ya recibiste.

Me permito cerrar esta reflexión con palabras de Henry Nouwen (El camino del corazón, editorial Guadalupe); él habla de trabajar en la pureza de nuestro corazón, como preparación del aposento para recibir a otros:

 

“Esta pureza del corazón nos permite ver más claramente no sólo nuestro propio yo necesitado, deformado y ansioso, sino también el rostro solícito de nuestro Dios compasivo. Cuando esta visión permanece clara y nítida, nos resultará posible movernos en medio de un mundo tumultuoso con un corazón en reposo. Es este corazón aquietado el que atraerá a aquellos que intentan encontrar el camino en la vida. Cuando hemos encontrado nuestro descanso en Dios, no podemos hacer otra cosa que servir. El descanso de Dios se hará visible donde vayamos y a cualquiera que encontremos. Y antes de decir ninguna palabra, el Espíritu de Dios que ora con nosotros hará notoria su Presencia y reunirá a la gente en un  nuevo cuerpo, el cuerpo del mismo Cristo.”

¿Qué más? Solamente proponerme trabajar mi reposo interior, la preparación del ambiente necesario… y esperar que el Señor traiga a los suyos.

 

HECTOR SPACCAROTELLA

tiempodevocional@hotmail.com